Años de trágico fervor

Había un revulsivo fervor en los años 70. Los jóvenes protagonistas que integraban los grupos de izquierda y de derecha tuvieron agallas para involucrarse, temprano en sus vidas, en una lucha ideológica violenta cuyo fruto es hoy una sociedad habitada por sobrevivientes, fantasmas y otros subproductos de tanta equivocación de pupitre y de trasnoche.

El Estado no tardó en reaccionar para reprimir. "Está en juego su seguridad", se decía. Y quizá lo estaba. Para protegerla, la junta militar creyó imprescindible establecer métodos inscriptos en una ley brutal. El sombrío y patético escenario dio cabida a la proliferación de muchas conductas enfermas, tan reprochables como las de aquellos a los que combatían. Y para ello se utilizó a otra parte de esa juventud, dirigida por unos señores de cincuenta, convencidos de su heroicidad como los que alimentaban ideológicamente a los primeros. Un fervor de otro signo. Creyeron hacer lo que correspondía. Todavía hoy una gran parte de la sociedad aprueba, callada, esa acción. Muchos de los que prestaron su colaboración en la tarea de gobierno desconocían las aberraciones que se producían en la clandestinidad.

Negar los hechos

¿Dónde están todos ellos? Unos todavía tienen vida y otros no. Los muertos: algunos, de uno y otro lado, tienen su sepultura; otros yacen vaya a saber dónde. Los vivos: un ex montonero puede tomar un café en La Biela con quien hace apenas veinticinco años pudo ser blanco de su metralla: un peronista de derecha. Los que reprimieron no se juntan, en general, con ninguno de los dos. Pero hay excepciones y extrañas mezclas. Algunos de los que hoy todavía llevan uniforme se han mezclado con funcionarios -quizá, como ellos, también protagonistas en los 70- que trafican y circulan por tenebrosos caminos donde hay corrupción, traición y muerte.

El retorno de la democracia trajo a la República importantes decisiones. Así se dictaron leyes, se hicieron juicios, hubo condenas, pero, lamentablemente, también hubo indultos para unos y otros. Algunas veces se hizo lo que se pudo, pero no siempre lo que correspondía. Pero hay algo seguro: no quedará resuelto el fondo del problema en tanto aquellos a los que les tocó utilizar el aparato estatal persistan en negar los hechos frente a sus víctimas.

Hay muchas personas que tienen todavía hoy la peor de las angustias: no saber qué ha pasado con sus familiares. Como una suerte de tardío reconocimiento, un oficial -tripulante de los aviones navales- aparece en escena y dice que muchos desaparecidos murieron arrojados vivos al Río de la Plata. Este hombre, que no resiste su conciencia, habla y sus camaradas lo repudian por traicionar la ley del silencio. También lo aborrecen los familiares de las víctimas, pues bien pudo ser el victimario que nunca identificaron. Y allí está, en la mesa de un bar de Madrid. Y mientras tanto aparecen unos jueces del país y del extranjero, animados por motivaciones diversas, que vienen a hurgar en recónditos sitios queriendo dar satisfacción a los que todavía necesitan respuestas y justicia.

La senda del reconocimiento

He estado presente en estos veinticinco años y desde hace algún tiempo, pero tardíamente, he cambiado, como muchos, mi modo de ver estas cosas. Sin perder conciencia de la brutal violencia de unos y otros, y de quién inició la "guerra" (no se duda de que fueron los grupos civiles_), he comenzado a pensar en las terribles y aún persistentes huellas de la represión estatal. Así, no consigo imaginar los diálogos de un represor-torturador con sus hijos. En cambio, sí me imagino que muchos de esos hijos, que hasta pueden ser hijos de otros padres muertos en los 70, tienen que sufrir silencios y marginación. Cuán difícil es para un militar honesto que sufre privaciones -merecedor de todo el respeto- ver a algunos camaradas de armas en una situación distante del temple y del honor militar.

Mientras, muchos de los protagonistas de los 70 aún no han transitado por la humanitaria senda del reconocimiento de lo que se hizo mal y generó odio y resentimiento. Ese camino no asegurará la reconciliación, pero servirá para que unos y otros mejoren sus vidas y sus muertes y las vidas de sus allegados, que, por cierto, no fueron partícipes de ese trágico y violento fervor.

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