La prensa en la nueva política

La "nueva política" ya se está instalando al lado de la "nueva economía". La sociedad exige más y más transparencia en los gobernantes y a los corruptos les cuesta cada vez más, en esta era de la información, esconderse y esconder sus bienes mal habidos. Me propongo poner de relieve un singular matiz en torno al papel de la prensa en las democracias modernas, en las que los funcionarios leen diarios, revistas y escuchan la radio antes de ir a sus despachos, y de ese modo reciben cierta dosis de presión de los medios de comunicación.

Cuando quienes participan en un hecho de corrupción son filmados, y las imágenes son transmitidas por la televisión, la suerte de los implicados está echada. Porque lo que se ve no se puede negar, y esto, aunque parezca obvio, debe decirse, pues la sociedad está cansada de asistir a la obstinada negación de hechos que todos saben que ocurrieron, aunque no se conozcan los detalles.

Lo sucedido en Perú es ejemplificador y la contundencia de los hechos hizo que no fuera necesaria la intervención judicial para que se produjeran inusitados cambios políticos. En pocas horas, el presidente Alberto Fujimori comprendió que la aparición de un video en el que se veía al hombre fuerte de su gobierno entregando dinero a un legislador de la oposición lo obligaba a dejar su cargo y convocar nuevas elecciones presidenciales. Apenas iniciado su tercer período de gobierno, al que accedió luego de un traumático y controvertido proceso, Fujimori ha decidido resignarlo todo e irse, pero no se sabe bien cuándo. Algo parecido le ocurrió a Richard Nixon cuando comenzaron a sonar las grabaciones que dieron lugar al escándalo Watergate, aunque tardó bastante en reaccionar.

La sociedad espera

La aparición de una noticia política que pone sobre el tapete situaciones indeseables que estaban ocultas suele generar en la gente sentimientos contradictorios: por un lado, cierta bronca por lo ocurrido, pero, al mismo tiempo, un fuerte entusiasmo por las consecuencias que pueden llegar a producirse a partir del hecho anoticiado. Si se trata de un hecho que puede gravitar en el proceso de cambio hacia la transparencia, la sociedad espera que a partir de las primeras noticias algo concreto pase; espera que se desencadenen rápidos y profundos cambios destinados a desterrar esos viejos hábitos de la política que tienen que ver con la financiación ilegal de la actividad partidaria y el ya intolerable enriquecimiento ilícito de unos pocos. Es que la aparición de la noticia provoca un clima propicio para que aquellos que deben actuar lo hagan: jueces, legisladores y funcionarios. Permite instalar rápidamente el tema en la sociedad y pulsar la reacción de la gente, que tanto importa a todos los operadores del sistema democrático.

Sin embargo, la realidad muestra que nunca faltan esos pesimistas que, no sin una buena dosis de realismo basado en la experiencia, se encargan de desdibujar la esperanza cívica sosteniendo que nada va a cambiar y que los políticos son todos iguales.

Mientras tanto, los medios de comunicación se esfuerzan por mantener viva la noticia, para que su repercusión opere como una válvula de escape liberadora y motorizadora de las fuerzas necesarias para que se produzcan nuevos hechos encaminados a desatar los nudos de la corrupción. Pero claro, la prensa no puede hacer más de lo que hace, y si quienes deben tomar medidas no las toman, será necesario esperar hasta la próxima noticia política de similares características.

La tensión que se produce entre quienes desean que algo importante ocurra y los que procuran que el tema se enfríe exhibe lo que unos y otros desean en términos de cambio. Muestra, en definitiva, quiénes están a favor y quiénes están en contra de la "nueva política". Sin embargo, a tenor de ciertas conductas parecería, y sería lamentable confirmarlo, que no todos los políticos que están a favor del cambio pueden actuar en consecuencia. La ciudadanía espera en estas horas que los políticos que aún no lo hicieron intenten romper con los lazos y las falsas lealtades que les impiden mostrar a la sociedad que la política se puede hacer con honestidad.

© La Nación

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