Abstinencias y adicciones

Si fuera posible, más de uno se iría a dormir con el deseo de despertarse en un país nuevo, insertado en un mundo mejor. Como eso es una quimera, todos nos levantamos cada día a manejar colectivos, operar apéndices, construir casas, atender negocios... Como lo hacíamos el día anterior.

Ya en la calle, recogemos y nos transferimos, unos a otros, enormes dosis de pesimismo, y así vamos matando poco a poco lo que queda de la esperanza de vivir en un país deseable y enorgullecedor. El argentino optimista es una especie en extinción.

Pero esta suerte de adicción al pesimismo no es la única. También somos adictos a creer incondicionalmente en salvadores de la patria que nos permiten sostener la ilusión de que todo se arregla o puede comenzar a arreglarse a partir de ellos. Está demostrado que esos aprendices de redentores ganan más rápido el reconocimiento general en tiempos de crisis. La angustia del náufrago hace que se aferre a cualquier cosa que flote. La gravedad de la dependencia respecto de ellos se ve clara en los últimos años: duran menos tiempo en la arena política, pero inevitable y sucesivamente surgen reemplazantes de la misma estirpe.

Refiriéndose a los argentinos decía Julio Cortázar: "Se creen ya "en democracia", los ilusos; les insistí en que ahora había que edificar la democracia, y no sobre una base paternalista y piramidal, Alfonsín reemplazando a Perón en el mito. ¿Serán capaces? Ojalá, ¿pero cuántos "chantas" hay por allá?" (fragmento final de una de las últimas cartas que escribió antes de morir, fechada en París el 28 de diciembre de 1983 y dirigida a su amigo Jean L. Andreau).

La búsqueda del líder paternal puede obedecer a múltiples razones, pero está a la vista el crédulo deseo de que alguien se ocupe de resolvernos los problemas desde el vértice superior del poder, sin que tengamos que poner nada de nuestra parte. No sabemos, y tampoco parece importarnos, si el líder carismático de turno tiene las herramientas espirituales, políticas, de carácter y de conocimiento necesarias, pues nos basta con que se erija en la contrafigura de los gobernantes de turno. Es más, es posible que a través de uno de esos líderes emergentes la Argentina, si tiene suerte, pueda encontrar un nuevo camino hacia el progreso. Pero, ¡guay si no la tiene!

Mientras tanto, debemos soportar hasta el abatimiento que los observadores externos nos pregunten por qué, si somos capaces de generar tantos talentos individuales, somos incapaces de desarrollar una honesta y eficiente clase política. Y luego nos rematan la moral aludiendo a nuestras enormes riquezas naturales, para acrecentar, por contraste, nuestra incapacidad hasta de aprovechar lo que se nos da por añadidura.

Y, entonces, ¿qué hacer?

Al menos está claro algo que no se debe hacer. No es bueno caer en otra de nuestras conocidas adicciones: la crítica fácil. En la actualidad algunos actores y músicos acaban de bajar a la arena política. Tuvieron que soportar una lluvia de críticas y burlas. Mejor sería que fueran muchos los argentinos que se animaran a entrar en la política como legisladores o concejales, especialmente aquellos que son idóneos. Sería el fin de una abstinencia cuyos resultados desastrosos están a la vista. La hermética corporación de los políticos profesionales, la cofradía de los habitués del poder en interés propio, debe darse cuenta de la necesidad de reedificar la democracia con más ciudadanos idóneos intelectual y moralmente, a quienes no condene su pasado de políticos espurios. Hombres y mujeres libres, independientes, capaces y responsables -como hay muchos, afortunadamente-, que entran con toda su energía y su decisión de protagonismo en las estructuras partidarias existentes -para no gastar fuerzas inventando lo que ya existe-, aguantándose lo que no les guste de ellas en un inicio, hasta generar el cambio buscado. Hombres y mujeres que hagan todo por amor a la República verdaderamente representativa que desean para su país, y con la sola misión de comenzar a reconstruir la tierra de sus anhelos.

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