La Argentina emocional

La emoción es una alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa que va acompañada de cierta conmoción somática, dice el diccionario. Pese a su brevedad, emocionarse es una de las sensaciones más importantes que experimenta el ser humano. Desde siempre los políticos y demás perseguidores de multitudes han entendido muy bien esto y han sabido mostrar su habilidad a la hora de producir efectos emocionales con el discurso.

En la actualidad los políticos han perdido credibilidad, y la crisis económica es tan grave que poco bienestar tienen para ofrecer y sí, en cambio, muchos sacrificios. Ha quedado definitivamente al desnudo una triste realidad: estamos transitando el momento más grave de nuestra historia. Si estamos en el camino de la refundación de la República es algo que parecía estar claro y ahora no lo está.

Se observa hoy un creciente éxito de las manifestaciones populares que tienen lugar al margen de los políticos. Además de satisfacer las necesidades básicas, los pueblos necesitan tener ilusiones y esperanza, necesitan emocionarse. Estos episodios populares tienen que ver con eso y con el deseo de la ciudadanía de contribuir al cambio ejercitando el derecho de libre expresión.

La vieja política

En estas difíciles circunstancias, los candidatos que se perfilan para competir en las próximas elecciones presidenciales tienen dificultades para organizar un discurso sostenible. Si son sinceros, racionales y realistas no llegan a conmover a una parte de la población. Si pertenecen a la "vieja política" y persisten en plantear soluciones demagógicas que van más allá de las posibilidades reales espantan, con su discurso, a otro sector del electorado. Si elaboran sus propuestas sobre la base de repudiar a todos con el escudo de la honestidad olvidando entre otras cosas que al sector empresarial y financiero hay que encauzarlo y motivarlo, antes que provocarlo y ahuyentarlo, disuaden a quienes creen que todo país funciona con un sector productivo sano e integrado con el mundo.

Si en Alemania los políticos que están en plena campaña no pueden decir la verdad a los votantes, como acaba de reconocer públicamente Michael Naumann, director de Die Zeit y ex ministro de Cultura de la actual administración, ¿qué les queda a países como los nuestros?

La Argentina está en la vidriera del mundo mostrando un sombrío escenario, dando un espectáculo cuya duración y final se desconocen.

Hoy más que nunca el tiempo es oro. ƒl que resta hasta las elecciones se consume inexorablemente día tras día y no se vislumbra todavía la formación de una fuerza capaz de albergar en su seno a todas las voluntades necesarias para dar fuerza y legitimidad al próximo gobierno.

Para muchos había un candidato capaz de conciliar la mayor parte de las fuerzas que hoy pugnan en torno al poder, pero pareciera que ese hombre pretende convencer a los argentinos de que el gobierno de este país no puede asumirse, sin riesgo de un pronto fracaso, bajo el fuego cruzado de una feroz interna.

Grito popular

La dramática sensatez de quien ya está en la política sin ser un político tradicional no es un dato alentador para el ciudadano de a pie que mira al futuro

La corporación política parece haber sentenciado: "la política es nuestra". Y sus hombres actúan como si pensaran: mientras se organiza una fuerza capaz de derrotar a nuestros aparatos partidarios podemos seguir haciendo nuestra política, "la de siempre". Y mientras tanto se producen enredos interpretativos en torno del grito popular "que se vayan todos", cuando resulta obvio que no puede atribuirse un sentido unívoco al sintético lenguaje popular.

Pese a todo, no debe descartarse que se produzcan actos de grandeza -egresos, ingresos o alianzas- que supongan un cambio brusco y favorable en las expectativas tan negativas que hoy tenemos.

Si en nuestra democracia se ha producido maliciosamente el ocultamiento de alguna verdad capaz de proyectarse a la vida política, no debemos preocuparnos si creemos en las palabras de Emile Zola: "Cuando se sepulta la verdad bajo tierra, ésta se concentra allí y adquiere tal fuerza explosiva que hace estallar todo con ella" (en Yo acuso , publicado en L´Aurore el 13 de enero de 1898).

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