Máscaras y misterios

La Argentina es un misterio insondable, una vez más. Que no se sepa quién ganará las próximas elecciones es comprensible. Pero que no se conozca, a tan pocos meses, la totalidad de los aspirantes a la presidencia es un hecho que sorprende a propios y a extraños. Aunque la feroz y desmesurada lucha interna del partido en el gobierno está a la vista, no deja de llamar la atención su duración y lo incierto de su final. No hay que claudicar en el deseo de entender al país, pero es hora de aceptar que lo que tenemos es lo que somos.

Se advierte hoy en la sociedad una buena dosis de apatía cívica, que contrasta con el súbito fervor de hace un año. A ello se le suma un panorama variado en cuanto a actitudes y creencias sobre quién será el ganador de la contienda de abril de 2003.

¿Qué presidente queremos?

Resulta curioso que la crisis por la que creemos que atraviesa la vieja política no se refleje en los sondeos y encuestas. Los protagonistas del ayer siguen estando hoy, como si el escenario fuera el mismo. ¿Será que los votantes están quietos, esperando la hora de las urnas para castigar con el voto a representantes de la vieja política? Suena ingenuo y, si fuera verdad, peligroso.

El deterioro de la imagen presidencial del último gobierno elegido proyecta sus consecuencias a la actualidad, porque ha permitido que se trate de instalar una idea errada y peligrosa: que sólo algunos tienen aptitud para ejercer plenamente el poder, al ser "capaces" de manejar tanto los resortes institucionales como aquellos que tienen que ver con la calle y los sindicatos.

Si bien las encuestas muestran tendencias, las elecciones constituyen el definitivo mecanismo que tenemos para saber qué quiere el conjunto de la sociedad. Y frente al ejercicio cívico que se avecina, es bueno recordar que los candidatos no son lo que dicen que son, ni harán, en la mayoría de los casos, lo que dicen que harán. Son, esencialmente, lo que ya han mostrado ser.

¿Queremos un presidente honesto o nos da lo mismo? ¿Queremos el fin de la impunidad o creemos que no hay impunidad? ¿Queremos jueces honorables e imparciales o queremos jueces funcionales? Las preguntas, en este sentido, pueden ser interminables y el conjunto de respuestas define el perfil de la Argentina de hoy y el futuro de la Argentina de mañana.

Los que se preocupan por la necesidad de desterrar la impunidad aciertan. En efecto, la falta de castigo es una de las principales causas de la tragedia argentina. En un país donde hay líderes que se han corrompido y pasan por los tribunales impunemente, algo no funciona. Si las sentencias no se apoyan en la verdad ni tienen autoridad moral, no constituyen una manifestación de la justicia. Y quienes las dictan no merecen llamarse jueces. Porque el verdadero daño está en que a través de ellas se proyecta a la sociedad una imagen distorsionada de la realidad y de sus protagonistas.

La hora de las personas

Por eso, en este crucial momento de la historia argentina, es tan importante ver a qué persona se elige, más allá de las ideologías y de las estructuras partidarias. Da toda la sensación de que la elección se va a definir más que por los programas de gobierno por las personas. Con las dificultades actuales y la pesada deuda externa, está claro que la verdadera formulación de un plan de gobierno se verá después de que se arribe a un acuerdo estable y completo con los acreedores internacionales.

Y si es cierto que en América Latina siempre coinciden, para bien y para mal, los signos de los gobiernos, veamos el caso de Lula. Nadie cuestiona su honestidad, y su éxito ha devuelto la ilusión a los brasileños, dando la señal al mundo de que se puede convivir, en tiempos de globalización, con sensibilidad social y compromiso con los pobres. Ojalá lo logre.

El presidente que asuma el 25 de mayo habrá de marcar el comienzo de un camino cuyo destino será, como siempre, responsabilidad de todos. Nuestra memoria colectiva es frágil. Esperemos que se fortalezca para el día de las urnas. No está todo dicho y todavía puede caer alguna máscara. El inaceptable y sistemático engaño al que muchos políticos nos tienen acostumbrados debe terminar. Esto suena utópico y quizá lo es. Pero también el camino de autodestrucción en el que estamos era inimaginable hace poco tiempo.

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