De la ilusión cívica a la realidad

Para mantener la ilusión cívica, creo necesario reflexionar sobre cuestiones que no parecen, a primera vista, conectadas entre sí. Decir "proceso de cambio" en la Argentina suena a lugar común, pero pocos presidentes han tenido, como el actual, tantas posibilidades para concretarlo. Kirchner mantiene su buena imagen y muchos argentinos confían en su gestión. Una de las claves es su persistencia para desterrar malos hábitos de la "vieja política", aunque en su empeño a veces utilice medios que desentonan con ese propósito. Por eso hay aspectos de su gestión que merecieron reproches. La excusa es que todavía resulta necesario "construir poder" para conjurar los males del país.

Llama la atención que el gobierno esté muy pendiente de lo que dice la prensa y se incomode con facilidad con la crítica, aunque es bien sabido que criticar no equivale a estar en contra. Quizás ello se deba a esta suerte de "democracia mediática" que vivimos, en la que también se aprecia, lamentablemente, la existencia de autocensura y de cierta alabanza interesada.

El tema de la inseguridad azota por igual a los ciudadanos y a los despachos de los funcionarios. Así nace el Plan Estratégico de Justicia y Seguridad 2004/2007. Es bueno recordar que, con la marginación y la pobreza de tantos, toda política de seguridad es vulnerable. El buen ánimo que generan algunos números de la economía no basta para conjurar los riesgos de la exclusión social.

Encuentro muy saludable que la participación cívica y el control ciudadano sean cuestiones que están en la agenda del Gobierno. El éxito de los sistemas democráticos estará dado, en los próximos tiempos, por el mayor grado de participación pública en la tarea de administración y gobierno. Pero para que no quede en el terreno de la declamación y sea efectiva falta todavía mucho camino por recorrer. Es necesario crear nuevos y creativos instrumentos que coloquen al ciudadano en mejor posición para actuar.

Valga como ejemplo de participación pública creativa el reciente reglamento que regula la publicidad de la gestión de intereses en el ámbito del Poder Ejecutivo Nacional (decreto 1172/2003) que debería permitir que los ciudadanos sepan, por medio de Internet, cuándo, con quién y para qué se reúnen los funcionarios públicos con interlocutores del sector privado. Algo impensable en otras épocas de la Argentina.

Otro ejemplo de participación podría ser, y lo sugiero, el de establecer mecanismos que permitan a los ciudadanos conocer más de cerca el trámite de las causas penales que involucran a funcionarios públicos. Es cierto que hay principios del proceso penal, consagrados en los códigos de forma, que limitan el libre acceso a los expedientes para quienes no son parte. Pero, quizás, con la intermediación de los colegios de abogados puedan abrirse nuevos caminos que permitan conocer, por ejemplo, cuándo una investigación se paraliza o se reactiva.

En el camino de la transparencia, de la lucha contra la corrupción y la impunidad, el Presidente encontrará muchos argentinos que lo acompañen, pero son muchos más los temas que deben resolverse para mantener viva la ilusión de los ciudadanos. Destaco dos necesidades cruciales en las que el fervor del gobierno puede intensificarse: volver a tener un sistema financiero fuerte y recomponer los contratos con las empresas prestadoras de servicios públicos. Es preciso recuperar la confianza de los inversores para reactivar la economía. Y eso sólo se logra con ventajas comparativas y con seguridad jurídica.

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